Cuento de los Hermanos Pinzones
Cuando nació el mayor
de los hermanos Pinzones se agrió la leche en la olla y se cayó el primer
chayote de la enredadera. La tía Socorrito, a quien le gustaba hacer profecías,
aprovechó el momento para decir:
–La leche agria y el
chayote indican que este niño que acaba de nacer va a tener un carácter agrio y
espinoso. Es decir, va a ser insoportable.
Se equivocaba. El niño
nunca dio guerra y no lloró ni cuando le echaron el agua del bautismo. Le
pusieron Manuel y en adelante todos los que lo conocieron le dijeron Meme
Pinzón.
Cuando nació el menor
de los hermanos Pinzones cantaron los pajaritos y el campo se llenó de flores.
La tía Socorrito profetizó:
–Este niño va a ser
precioso y tan simpático que la gente se va a pelear por estar con él.
Los que la oyeron decir
esto voltearon a donde estaba la cuna y en ella vieron al niño amoratado,
abriendo la bocota y berreando.
Le pusieron Guillermo y
le dijeron Memo.
Memo Pinzón lloraba de
hambre y le daban de comer, lloraba de miedo y venían a consolarlo y lloraba de
envidia cada vez que le tocaba a su hermano la naranja más grande o el bizcocho
más bueno. Lloró y lloró, pero creció grande y fuerte, aunque sintiéndose
desdichado.
Mientras Memo lloraba y
crecía, Meme aprendió a leer sin que nadie le enseñara. Esto se descubrió el
día en que la tía Socorrito entró en el cuarto y encontró al niño en la
bacinica, leyendo el periódico.
–Este niño –profetizó
la tía Socorrito al ver este espectáculo– va ser licenciado.
Se equivocaba otra vez.
Meme era tan bueno, tan dócil y todos lo querían tanto en su casa, que no se
quisieron separar de él y nunca lo mandaron a la escuela. En vez de estudiar,
entró de aprendiz en la zapatería de su padre y allí se quedó. Fue zapatero toda
su vida.
Memo, en cambio, daba
tanta lata, que apenas estuvo en edad de ser admitido, fue a la escuela.
Desde el primer día de
clases se hizo famoso. La maestra le ordenó a un niño que pasara al pizarrón.
Memo empezó a llorar.
– ¿Por qué lloras, niño Pinzón?
–Porque usted pasó a ese niño al pizarrón y a mí no.
La maestra hizo que el
otro niño regresara a su lugar y le dijo a Memo que pasara al pizarrón.
Cuando Memo llegó junto
al pizarrón, volvió a llorar.
– ¿Por qué lloras ahora, niño Pinzón? –preguntó
la maestra.
–Porque me pasa a mí al pizarrón y a los demás niños no.
Sus compañeros le pusieron “Guillermina
Lagrimotas”, y así le dijeron hasta que Memo creció y fue el alumno más alto y
más fuerte de la clase y empezó a golpearlos a ellos y a hacerlos llorar.
Dejaron de decirle Guillermina Lagrimotas y empezaron a decirle el Feroz.
Los alumnos le temían y
los profesores lo detestaban y unos y otros esperaban con ansia el momento de
no tener que volver a ver al Feroz Memo Pinzón.
En esos días hubo un
concurso de composiciones sobre los Niños Héroes en el que podían participar
todos los alumnos de primaria de cualquier escuela de la República.
El primer premio se
llamaba “La Vuelta al Mundo de un Estudiante”, y consistía en estudiar durante
tres años en las mejores escuelas de Japón, de Francia y de la India.
–Si este premio lo
ganara el Feroz Memo Pinzón, no volveríamos a verlo en tres años –dijo el mejor
alumno de la clase y el más chiquito, que era una de las principales víctimas
de Memo.
Propuso que entre toda
la clase se hiciera una composición y la mandaran al concurso a nombre de Memo
Pinzón, con la esperanza de librarse así de él. Sus compañeros aprobaron la
idea y todos, niños y niñas, se reunieron varias tardes para trabajar en la composición
sobre los Niños Héroes.
Ninguno escatimó
esfuerzos y la composición salió tan bien, que fue premiada.
Toda la escuela,
maestros y alumnos, fueron al aeropuerto a despedir a Memo Pinzón, y nunca se
ha oído cantar Las Golondrinas con tanta alegría.
Memo le dio la vuelta
al mundo y regresó a México igual de feroz, igual de abusivo y sintiéndose
desgraciado, pero famoso por haber sido el niño ganador del premio “La Vuelta
al Mundo de un Estudiante”.
Gracias a esta fama
hizo una gran carrera y llegó a ser millonario y director de varias empresas.
El día que juntó 100 millones, salió en la televisión y el entrevistante le
preguntó si estaba satisfecho con ésos o si todavía quería más. Memo Pinzón
contestó:
–Ni me basta con lo que
tengo, ni quiero más. Yo lo que hubiera querido ser toda mi vida es zapatero,
como mi hermano.
Jorge Ibargüengoitia. México, 1928
(22 de enero, Guanajuato) – 1923 (27 de noviembre, Madrid)
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