“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.”
Wittgenstein
Wittgenstein
“Sólo hay mundo donde
hay lenguaje.”
Heidegger
Heidegger
El hombre se posee en la medida que posee su lenguaje
No habrá ser humano completo,
es decir, que se conozca y se dé a conocer, sin un grado avanzado de posesión
de su lengua. Porque el individuo se posee a sí mismo, se conoce, expresando lo
que lleva dentro, y esa expresión sólo se cumple por medio del lenguaje (...).
Hablar es comprender, y comprenderse es construirse a sí mismo y construir el
mundo. A medida que se desenvuelve este razonamiento y se advierte esa fuerza
extraordinaria del lenguaje en modelar nuestra misma persona, en formarnos, se
aprecia la enorme responsabilidad de una sociedad humana que deja el individuo
en estado de incultura lingüística.En realidad, el hombre que no
conoce su lengua vive pobremente, vive a medias, aún menos.
¿No nos causa pena,
a veces, oír hablar a alguien que pugna, en vano, por dar con las palabras, que
al querer explicarse, es decir, expresarse, vivirse, ante nosotros, avanza a
trompicones, dándose golpazos, de impropiedad en impropiedad, y sólo entrega al
final una deforme semejanza de lo que hubiese querido decirnos? Esa persona
sufre como de una rebaja de su dignidad humana. No nos hiere su deficiencia por
vanas razones de bien hablar, por ausencia de formas bellas, por torpeza
técnica, no. Nos duele mucho más adentro, nos duele en lo humano; porque ese
hombre denota con sus tanteos, sus empujones a ciegas por las nieblas de su
oscura conciencia de la lengua, que no llega a ser completamente, que no
sabremos nosotros encontrarlo.
Hay muchos, muchísimos inválidos del habla, hay
muchos cojos, mancos, tullidos de la expresión. Una de las mayores penas que
conozco es la de encontrarme con un mozo joven, fuerte, ágil, curtido en los
ejercicios gimnásticos, dueño de su cuerpo, pero que cuando llega al instante
de contar algo, de explicar algo, se transforma de pronto en un baldado
espiritual, incapaz casi de moverse entre sus pensamientos; ser precisamente
contrario, en el ejercicio de las potencias de su alma, a lo que es en el uso
de las fuerzas de su cuerpo.
Podrán aquí salirme al camino los defensores de lo
inefable, con su cuento de que lo más hermoso del alma se expresa sin palabras.
No lo sé. Me aconsejo a mí mismo una cierta precaución ante eso de lo inefable.
Puede existir lo más hermoso de un alma sin palabras, acaso. Pero no llegará a
tomar forma humana completa, es decir, convivida, consentida, comprendida por
los demás.
Pedro Salinas
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